jueves, agosto 02, 2007

Bomba de tiempo














"Despierto
Sacúdete los sueños desde tu pelo
Mi preciosa niña, mi dulce.
Elige el día y elige el signo para tu día
La divinidad de día
La primera cosa que ves
Una inmensa y radiante playa y bonita y adornada luna
Parejas desnudas corren por sus tranquilos lados
Y reímos como suaves, locos niños
Presumidos en la lana confusa de la mente infantil.
La música y las voces están alrededor nuestro
Eligen su dulce cantar de los antiguos
La hora ha vuelto aun
Elige ahora, su dulce canto
Debajo de la luna
Junto al lago antiguo
Entra otra vez en el dulce bosque
Entra en el sueño caliente
Ven con nosotros
Todo esta roto y baila"
Jim Morrison

12:57

Te digo que no puedo hacerlo, te lo prometo, estoy llena, aparte hoy es lunes y los lunes no me dejo empachar de forma semejante, una lunes solamente me atrevo a bailar al ritmo de los tambores y a merendar un café con leche y unas tostadas con queso y mermelada para volver a casa relajada, al calor y la seguridad del ahogar, del hogar, perdón, para subir y abrir la puerta de madera, acostarme en la cama de arriba, vacía, esperando que los almohadones de los costados cobren forma y me abracen para no despertarme en el cajón por haberme olvidado de dormir en posición de baile, con los brazos abiertos, con la cabeza a un costado, ni un poco parecida a una muerta. Dos no entramos en un cajón, aunque no puedo engañarme, cuando cierro los ojos no me quiero abandonar, pero lo hago, todos lo hacemos, es inevitable, y el sueño llega, tarde o temprano, igual que esos pensamientos que intento evitar pero no puedo, el cuerpo en alguna vuelta deja de moverse, de bailar, los tambores se terminan y la mente se activa cuando todo lo demás se calló o se cayó y empieza a correr como una canilla abierta, y los movimientos se ponen lentos, odio la lentitud, cuando las voces son más bajas y se vuelven notas esquizofrénicas que raspan la suavidad de las luces, las luces sí son suaves, son buenas para los ojos, pero las pupilas giran, se agrandan y achican, palpitan y rebotan a punto de saltar por la ventana como dos pelotas negras incontenibles, no puedo dejar de mirarlas, tengo un espejo atado a la bufanda, atado con un nudo imposible. Cómo contener la mirada, las miradas, los pensamientos, la ansiedad, el momento de bajar, quiero gritar, estallar en mil pedazos, olvidarme de todo, no quiero más esto, esta forma de consumirme. Por momentos afirmo que estoy viva, muestro principios de poder armar una historia completa del momento, pero se desintegra, la idea se va volando, la idea de mí, del querer, del saber, de ser, del tiempo, y quiero escaparme, no quiero agarrar esas rutas y voy manejando con una venda sobre los ojos sobre un camino recto que se desvía solamente si mi mente lo piensa, pero no lo puedo controlar ni evitar, en el fondo sí, y quiero clavar los pies en la tierra y hundirme hasta las rodillas y de ahí contemplar, desde ahí sí mirar el universo, dejar de ser solamente sensaciones. Pero aunque me clave hasta el cuello la materia se sigue dispersando, no puedo detenerla, la acompaño, me desespero, me baño en una especie de luz plateada y azul, sé que estoy viva pero no me atrevo a sentirlo, me quiero deshacer del malestar, de los recuerdos, quiero solamente sentir todo el tiempo lo que pasa, la simpleza, la cabeza vacía, el pecho acelerado, los sentidos despiertos, la emoción de saltar sobre dos manos que me sostienen sobre el vacío y me elevan como una bailarina con alas de cisne blanco. A mí también me gustaría poder decir que por momentos “tengo ganas de cogerme al elegante Vacío”, pero no dejo de admitir que me aterra dejarme llevar, pensarlo, dejarlo existir en mi cabeza, también afuera, en mi cuerpo, pero existe y Es, más allá de mí y lo que pueda decidir. Lo respiro, lo dibujo en cuatro dimensiones, lo llamo infinito, lo desnudo y me dejo ir, pero al final, cuando el zumbido desaparece lo agarro tranquila de la mano, me lo meto en la boca aunque sea lunes y mañana el día tenga que empezar temprano, me persigno con los ojos cerrados, en los labios, nada que decir. Abro los ojos y ya no somos lo que éramos, al menos no yo, nos potenciamos nos fusionamos, somos 2, somos 3, somos mil y cada gota de la fuente chorrea como el peinado de una quinceañera hecho de agua, brilla, brota, la luna, rodeada de un cielo oscuro abre un ritual en el medio del espacio, los faroles, los cables. Mi enemecta está dormida, el aire frío la mantiene callada, y de repente somos humanos glamorosos que caminan por la calle con estructuras de antiguos ángeles de alambre plateado, ahora deformados para ser alas en la espalda. Mis alas me dan miedo, las prefiero de corona, y voy agarrada de la mano de una diosa bailarina con la columna erecta y una mano chiquita y suave, tiene dedos finos y congelados, me encanta, ¡qué atracción!, ¡qué delirio! Los árboles son hermosos, las ramas, las hojas tan verdes a esta altura de la madrugada, qué tarde debe ser, no me importa, mi tapado nunca había sido tan hermoso ni tan largo ni tan negro a esta hora. Cruzamos corriendo, todas las calles, los umbrales, los segundos, volví a las sirenas, a los príncipes, a los moños en la cabeza, al pelo rojo, a las colas y los barcos, a las risas simples, a los dulces esparcidos por la cara, y cuántos colores, los carteles luminosos, las luces como círculos blancos y borrosos, el viento no secando la piel, volví a lamer espejos como helados, a soplarlos para correr el polvo, no quedé atrapada del otro lado, sigo acá, lo supe, lo sé, y seguí un rato más y pensé en vos, te extrañé, pensé en las piedras, en meterme debajo de tus sábanas mientras dormías, en que estaba triste y no lo podía ocultar, pensé en mi piel, me miré los ojos, las pupilas seguían queriendo escapar de mí, yo también, pero me olvidé, y corrí a una plaza, me tiré sobre la hamaca aunque sabía que no se usaba así, balanceándose sobre la panza, es que quería presionar el dolor del estómago, volver a ser una nena, me senté y la punta de mis botas se hicieron un tobogán y me tiré hasta caer en la arena y estaba en la playa, mirando el mar, a una mujer cruzada de piernas como una india al borde de una fuente, era la bailarina, porque ahora el mar era ese peinado de quinceañera hecho de agua y ella lo llevaba con una calma hermosa que no daba envidia, miraba el cielo, las estrellas, le dije que tenía miedo y me dijo que era una maravilla, no mi miedo, el mundo, y era verdad, era y es tan perfecto con los parpadeos correctos. Y me quise tirar a la fuente, al mar, pero no, solamente toqué el agua helada con la mano y me saqué una vez más el ángel de corona y lo dejé tirado en el piso, la bailarina se sacó las alas de ángel y las pateamos juntas en una plaza, hice un par de confesiones, no me arrepiento de ninguna, dije Packaging y apreté botones y elegí colores brillantes, probé chocolates con cereal, lamí chupetines y fui al baño, caminé por la calle vacía pero no sola, lloré, dije que había sufrido y ya no quería sufrir más, volví a casa y junté un par de paquetes de pañuelos pinchados por las uñas de la gata, me acosté vestida y me quedé con los ojos abiertos mirando las luces de la calle atrás de las cortinas, sola, pensando de costado porque los almohadones se corren fácil y no toman forma de hombre ni de vos, esperando no escuchar voces, queriendo estar con alguien y no, las cortinas son tan transparentes, la habitación está tan oscura, el silencio tan callado, yo tan despierta, ¿estaré desaprovechando este momento? No. Me obligué a dormir hasta que me dormí respirando con un poco de dificultad que en sueños me olvidé, como siempre, y al otro día me levanté otra vez y salí.